TOMAS ELOY MARTINEZ: PAZ EN SU TUMBA
Por Juan Carlos Jara
Tomás Eloy Martínez, el escritor y periodista que acaba de morir, escribió y publicó mucho en su vida. Resmas y resmas de papel, ríos y ríos de tinta empleó para reflexionar sobre la realidad argentina. Desde la ficción o la prosa periodística (últimamente colaboraba en el ultraconservador diario "La Nación"), uno de sus objetivos esenciales fue demostrar que el peronismo y sobre todo sus dos figuras máximas, fueron el hecho maldito de un país más maldito todavía, ése del que se alejó hace años para seguir meditándolo desde su confortable residencia en New Jersey.
Si exceptuamos su libro sobre Trelew, cuando era moda estar a la izquierda "con" Perón (y si nos apuran también en ese libro), Martínez fue siempre un escritor hostil al movimiento nacional y popular. Un talentoso pero incorregible gorila.
Si el pueblo argentino, el verdadero, el que se levanta de madrugada para malvender su fuerza de trabajo en la fábrica o en el changueo diario, si las amas de casa que no entran en el estereotipo neustadtiano de Doña Rosa -y me arriesgo a decir que aun la Doña Rosa misma- tuvieran el tiempo y las ganas suficientes de leer novelas de cuatrocientas páginas, se horrorizarían de los homenajes y palabras laudatorias que hoy se desploman desde todos los ángulos sobre el escritor fallecido.
Esa cantidad de páginas tiene "Santa Evita" -junto a "La novela de Perón", la obra más difundida de Martínez y también la más representativa.
El título, obviamente, resulta engañoso. De las páginas de esta novela, para nada rigurosa históricamente, surge una Evita más emparentada con la prostituta aventurera de los ingleses Webber y Rice que con la que existió en la realidad. Con una salvedad, Eloy Martínez no era inglés sino tucumano.
La fruición con que relata detalles escabrosos, abyectos de la agonía de una enferma de cáncer (el mismo mal que a él lo llevaría a la tumba 58 años después) tiene pocos parangones en nuestra literatura. Lo mismo las páginas en que se ridiculiza a las masas populares y sus creencias, como aquellas en que pretende reescribir hechos de nuestra historia en base a testimonios reales o apócrifos, ¿qué más da? Como, en propias palabras de Martínez, "todo relato es, por definición infiel", para él "lo único que se puede hacer con la realidad es inventarla de nuevo ("Santa Evita", p. 97)". A confesión de partes relevo de pruebas, podríamos convenir nosotros, pero el hecho es que ese gran fabulador que, con todo derecho, es cualquier novelista, en el caso de Martínez pretende ser al mismo tiempo inventor y racional destructor de mitos: algo así como Drácula y Sherlock Holmes debajo de la misma piel.
El capítulo 8 de la novela aludida, precisamente, busca romper con muchos de los -a juicio del narrador- incontables "mitos" tejidos en torno de la figura de Evita. Nos detendremos solo en uno, el que con su sorna habitual -sorna de elegante tucumano que jamás visitó un cañaveral- Martínez titula "(Evita) fue el Robin Hood de los años cuarenta". Luego de relatar la conocida anécdota de la entrevista de Evita con las aristocráticas damas de la sociedad de beneficencia, sin dejar nunca la mordacidad de lado, termina con el siguiente párrafo: "Lo peor de esta historia es que las víctimas nunca dejan de ser víctimas. Evita no necesitaba presidir ninguna sociedad de beneficencia. Quería que la beneficencia en pleno llevara su nombre. Trabajó día y noche por esa eternidad. Juntó las penas que andaban sueltas y armó con ellas una fogata que se vería desde lejos. Lo hizo demasiado bien. La fogata fue tan eficaz que también la quemó a ella".
Martínez, desde luego, estaba en su derecho de minimizar de ese modo la tarea ciclópea de "esa mujer". Lo mismo en dudar de que Perón la amase realmente o de creer que lo más importante de la personalidad de Evita radicase en el tema de su embalsamamiento y el de su infame secuestro póstumo. Pero que ciertos intelectuales "peronistas" no vean gorilismo en eso, el más rancio y craso de los gorilismos, digno de un Borges o de un Martínez Estrada, resulta por lo menos incomprensible.
Las novelas de Tomás Eloy Martínez son nada más que aborrecimiento, en algunos casos disfrazado de comprensión, de las dos personalidades mayores del movimiento peronista. Su estilo estudiadamente ambiguo se trasluce en muchos párrafos en los que aparentan confundirse el elogio con el vituperio. Pero la fachada, erguida trabajosamente, no logra ocultar la fetidez de lo que se cocina en la trastienda. En la escritura de Martínez no prevalece un espíritu contradictorio y, por ende, literariamente fecundo, de amor-odio, como en el poema "Eva" de María Elena Walsh. Lo suyo es odio, odio reconcentrado y nada más.
Ha muerto Tomás Eloy Martínez.
Paz sobre sus cenizas pero no sobre las cenizas de su literatura.